Karoshi, la epidemia japonesa
Karoshi significa "morir trabajando". Este síndrome salió de Japón y ahora ataca a empresarios mexicanos.
por Mauricio González
(Expansión)
Infernal. Complejo. Estresado. Insufrible. Así es como le pintaba el 11 de marzo de 2004 a Francisco Javier Tamayo. Y no es que esa particular fecha tuviera algo de excepcional. A sus 52 años, Tamayo ya se había hecho a la idea de que el mundo de las agencias de medios y publicidad era de una naturaleza densa y difícil. Un mundo tan complejo como su propia vida personal, plagada de problemas emocionales a raíz de su separación matrimonial y la clásica crisis de la edad madura.
En ese sentido, no es gratuito que Control Media, la agencia de medios para la que trabajaba día y noche, se convirtiera en el epicentro de toda su existencia, en su hogar y prisión. Es decir, por dura y estresante que resultara la dinámica laboral diaria, la oficina y la sobrecarga de trabajo siempre resultaban mejores opciones que enfrentar los demonios personales.
Todo, sin embargo, tiene un límite. Y ese 11 de marzo, Francisco Javier Tamayo lo encontró: cerca de la medianoche, inmerso en una de esas típicas noches atareadas en las que era el único que quedaba en la oficina de Control Media, su cuerpo se colapsó, víctima de un ataque cardiaco que terminó con su vida. En síntesis, no es exagerado afirmar que Tamayo trabajó hasta morir.
Lo más preocupante es que no es un caso aislado: en años recientes, miles de ejecutivos alrededor del mundo han muerto a causa del karoshi, término japonés que significa, literalmente, "trabajar hasta morir".
La epidemia nipona
Todo se remonta al Japón de finales de los 80, época en la que esa nación parecía erigirse como la gran potencia económica a vencer. En ese entonces, la Organización Mundial del Trabajo comenzó el registro de un alarmante fenómeno en la tierra del sol naciente: un notable incremento de mortalidad en el segmento de hombres cuya edad comprendía entre los 25 y 60 años.
¿El veredicto de la comunidad médica japonesa? Sus organismos, simple y llanamente, dejaron de funcionar a causa del exceso de trabajo.
El extraño fenómeno del karoshi (síndrome que se manifiesta en un ataque cardiaco provocado por hemorragia cerebral y/o trombosis) cobró la vida de cada vez más japoneses: hombres que se dormían en el metro y no despertaban, ejecutivos cuya media de vida era de 30 años, empleados que por deferencia a sus empresas continuaban trabajando haciendo horas extras e incluso que renunciaban a su semana de vacaciones anual.
En realidad, el surgimiento del karoshi era lógico. La reconstrucción de Japón durante la posguerra se basó, en buena medida, en un alto sacrificio humano, en personas dispuestas a trabajar más de 80 horas a la semana sin el menor ánimo de protesta. Hoy, éste es uno de los problemas sociales más preocupantes de Japón.
La situación no ha mejorado con los años. Temerosos de perder su empleo a causa de la recesión que atraviesa el planeta, pero que ha tenido efectos más pronunciados en Japón, los empleados orientales están trabajando a extremos literalmente mortales. Según Hiroshi Kawahito, secretario general del Consejo Japonés de Defensa para los Damnificados por Karoshi, una organización que le ayuda a las familias desahuciadas a demandar por negligencia a las empresas que empleaban a sus seres queridos, cerca de 20,000 japoneses mueren al año por exceso de trabajo.
Las empresas ya están tomando cartas en el asunto. No sólo por las múltiples demandas que han recibido por parte de los familiares de las víctimas -quienes le exigen a las compañías una indemnización similar a la que el Estado japonés le otorga a los familiares del Kamikaze en tiempos de guerra-, sino porque también se han percatado de que un trabajador sin tiempo libre y vacaciones es un empleado poco creativo y productivo.
De hecho, varias compañías japonesas ya le ordenan a los trabajadores que "chequen tarjeta" en la entrada; no para pedirles que cumplan cabalmente con el horario de trabajo, sino para que puedan supervisar que no laboren más de la cuenta.
De acuerdo con Yoshinori Hasegawa, codirector del Hospital Chiba Kensei, el convencer a los empleados de que desistan de "trabajar hasta morir" no es tarea fácil, puesto que la mayoría de los ejecutivos experimenta una especie de orgullo 'samurai' que los impulsa a continuar trabajando, así sea con consecuencias mortales.
Realidad mundial
El karoshi es un problema perfectamente documentado en Japón. En el resto del mundo, la enfermedad es aún vista como una mera curiosidad, propia de la filosofía de sacrificio nipón.
Las cosas, no obstante, bien podrían dar un dramático vuelco en los próximos años. En entrevista, Tom Peters, autor de Reimagine! y En búsqueda de la Excelencia, apunta que la dedicación potencialmente mortal de los workaholics (adictos al trabajo) es una tendencia que irá en ascenso. Para Peters, la economía global es injusta por naturaleza, por lo que a las corporaciones no les importa si sus ejecutivos llevan o no una vida sana y equilibrada:
"Por mucho que algunas compañías digan que valoran un ambiente que le dé a sus empleados un balance sano entre la vida laboral y su vida personal, lo cierto es que están en medio de una competencia feroz en la que se enfrentan a empresas a las que no les importa dar ese balance. Es más, a los empleados de esas empresas no les importa contar con él", afirma Peters.
"Así que cada vez más ejecutivos van a trabajar de manera excesiva y peligrosa, ya que están compitiendo contra otros ejecutivos a los que no les importa trabajar así, y que incluso están dispuestos a cobrar menos por ello. Éste es el lado oscuro del workaholic. Lo triste es que si las cosas siguen así, todos vamos a convertirnos en workaholics, no importa que seamos de Japón, Estados Unidos o México".
Los datos le dan la razón a Tom Peters. El más reciente Reporte de Indicadores Económicos del Banco Mundial señala que México incrementó en las últimas dos décadas la intensidad del tiempo laboral, pasando de 43 a 45 horas semanales trabajadas, uno de los índices más altos en toda Latinoamérica. Analistas del Banco Mundial apuntan que el incremento obedece a una mayor necesidad económica, a la reducción del mercado de clientes y, sobre todo, al aumento en la competitividad. Así, no es difícil vislumbrar un escenario en que los profesionistas independientes tendrán que trabajar los sábados.
Los empleados de servicios laborarán los fines de semana y los demás serán sometidos a múltiples horas extras.
La pregunta, obvio, es si las empresas occidentales seguirán el ejemplo de sus contrapartes niponas y establecerán controles que impidan a sus ejecutivos trabajar hasta la muerte.
Beatriz Viveros, madre del fallecido Francisco Tamayo, espera que casos como el de su hijo sirvan para convencer a las firmas mexicanas de tal necesidad: "Me gusta recordar a mi hijo como una persona animada, deportista, sana. Espero que las empresas estén conscientes de que deben cuidar a sus empleados, y de que deben obligarlos a descansar para que ellos puedan seguir sirviendo".